EL PROPÓSITO DEL DESIERTO
Deuteronomio 8:2
“Recuerda todo el camino por el cual el Señor tu Dios te ha traído estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos.” – Deuteronomio 8:2
A lo largo de la vida, pasamos por momentos difíciles, donde parece que nada bueno sucede, donde Dios parece guardar silencio. Estos momentos son como desiertos: áridos, secos, inhóspitos e infértiles.
Sin embargo, en el versículo anterior, Moisés le dijo al pueblo israelita que Dios los hizo pasar por estos tiempos difíciles con un propósito: probar el corazón del pueblo. Lo mismo aplica a nosotros; Dios nos hace pasar por estos lugares áridos para ver si nuestros corazones son fieles, obedientes y dependientes de Él.
Cuando Dios nos lleva al desierto, quiere poner a prueba nuestra dependencia de Él y prepararnos para recibir la promesa. El desierto es un lugar de maduración y de reconocimiento del lugar de Dios en nuestras vidas.
Dios liberó al pueblo de los egipcios, lo guió por el desierto, lo protegió de los peligros que allí existían, proveyó para sus necesidades y lo sostuvo durante cuarenta años. Incluso en el desierto, Dios continuó siendo bondadoso con el pueblo.
El desierto precedió a la tierra de Canaán, la tierra prometida, fértil y llena de manantiales. El desierto precedió al cumplimiento de la promesa hecha a los antepasados del pueblo. Mientras atravesamos el desierto, recuerden que es solo una fase del proceso; este proceso pasará y alcanzarán la promesa.
- Duda Martins

